Los gatos y las alturas


Los gatos y las alturas

Estamos paseando por la calle y vemos gente arremolinada bajo un balcón. Al mirar hacia arriba observamos un gato caminando por la barandilla de un balcón. “¡Madre mía! Se va a pegar un buen batacazo”, dicen unos. “¡Qué va!” –dicen otros- “los gatos siempre caen de pie y nunca se hacen daño”.

Si hacemos caso a la creencia popular serán más las personas que integren el segundo grupo que el primero. No obstante, ya sabemos que si bien la sabiduría tradicional en muchas ocasiones da en el blanco, en otras, se equivoca.

Es cierto que muchos gatos tienen predilección por las alturas y no es difícil verlos encaramados a los tejados, en los árboles o descansando en el alféizar de una ventana como si fuera lo más normal del mundo.

Si, por alguna razón, un gato cae desde cierta altura, gracias a su extraordinario sentido del equilibrio y a su cuerpo extremadamente flexible, es capaz de girar la cabeza, el tronco y las patas de modo que las cuatro extremidades queden orientadas hacia abajo. Justo antes de producirse el contacto con el suelo, extiende las patas y arquea la espalda para reducir la fuerza del impacto.

Esta secuencia perfecta, extraída del “Manual de buenas caídas para gatos principiantes” a veces no funciona. Todo depende de la altura y de la velocidad de la caída, que afectan a su capacidad de reacción para adoptar la postura adecuada y amortiguar el impacto, así como de la superficie sobre la que cae: no es lo mismo un césped mullido que una dura baldosa. Igualmente, el método no funciona si para demostrarle nuestro cariño, lanzamos al minino al aire desde nuestros brazos como si fuera un bebé.

Así pues, hay que respetar las particularidades del felino y su pasión por las alturas, pero siempre se debe anteponer el sentido común y mantenerlo alejado de las zonas que entrañan peligro.